¡Hola a todos!
Hoy quería contaros una de mis últimas vivencias. Conseguí
una entrada doble para los Premios Goya en un concurso en la red y decidí llevar a mi
madre.
Ni tan solo dos semanas antes me enteraba que había ganado y
no tenía nada que ponerme a parte de tener que comprar los billetes y buscar un
lugar donde dormir. Las cosas salieron bien y las rebajas y la familia ayudaron a encontrar
lo que hacía falta. Los billetes, visto que el AVE era carísimo, me hicieron
pasar 9 horas en un tren infernal sin cortinas, ni enchufes, ni Wifi. No me
esperaba un tren tan precario ni tan incómodo. Será la primera y última vez que
viaje en un sitio así.
En Madrid finalmente pude ir con mi amiga ilustradora Lana
Neble (si queréis saber quién es y conocerla haced click
aquí, os renviará a la
entrevista que le hice para este mismo blog). La desvirtualicé después de
muchos años de contacto y me pareció maravilloso hacerlo. Poder abrazar a mi amiga,
reír y pasear con ella.
Llegamos la tarde del viernes y pasamos a recoger las
entradas. Era la primera vez que estaba en Madrid y era para los Goya 2017.
Quién me lo iba a decir. Una vez recogidas las entradas, cogimos el metro para
ir hacia casa de mi amiga. Allí, dejamos el equipaje y estuvimos tomando algo y
hablando.
Al día siguiente fuimos a la Gran Vía, vimos la Puerta del
Sol, estuvimos en una tienda de materiales llamada Jeco, que me maravilló. Más
tarde fuimos a comprar para comer y una vez comidas, fuimos a una peluquería.
Ese día estuve viendo dibujar a mi amiga en directo y viendo cosas juntas.
Más tarde, allá por las siete de la tarde nos empezamos a
arreglar y salimos pasadas las ocho de la noche. Un taxi nos llevó hasta el
Hotel Marriot Auditorium. Una vez allí, en la puerta, envueltas por una masa de
vestidos y esmóquines elegantes, al lado de un camión de RTVE, entramos dentro.
Enorme como era aquello y debido a la cantidad de personas
que nos rodeaban seguimos la corriente al gentío y pronto nos encontramos
accediendo a la sala del anfiteatro donde se celebraba la Gala. Allí conocimos
a dos andaluces muy gentiles, fans de Lady Gaga. Como me aburría y quedaba un
rato para que empezase bajamos abajo a hacernos fotos por donde el escenario.
Poco después, una ayudante empujó a mi madre y le dijo que
diese paso a las celebrities. No les contestamos pero dicho sea que para mí más
celebrity es mi madre –reina de mi vida-. Tened por seguro que dicen más los
que no son celebrities que ellas mismas. Para ellos hacen.
Quizás era una intrusa pero me sentí como un pez en el agua.
No considero superior ni inferior nadie a mí. Todos, como humanos que somos,
tenemos un igual valor que puede después verse aumentado o disminuido por
nuestro comportamiento.
Sea como fuere, unos tienen méritos o fama y por ello se les
da un calificativo, pero no deja de ser eso. Sienten y padecen. Aunque el
bolsillo les sea favorable, ello no impide que a los demás no les sonría la
vida y les de la salud, lo necesario para continuar y luchar por los sueños.
A nuestro lado resultaron sentarse los familiares de uno de
los ganadores a Mejor documental (por Frágil equilibrio, que muestra la
realidad de hoy día y que se merecían mucho por ese trabajo, estoy segura) y
justo al lado Nieves Álvarez que se mostró muy simpática y que sonrío a mi
madre cuando esta última pisó su vestido.
Antes de empezar la gala un micrófono pedía a los ganadores
que no se excediesen en sus discursos. Sin embargo, como cada año, unos más y
otros menos, todos emocionados, hablaron allí en el estrado hasta el límite del
tiempo previsto.
[Aviso para navegantes: esta no es una entrada para hablar
mal de nadie ni entrar en polémicas varias.]
Dicho esto, aquello se llenó de colores y peinados varios
que anunciaban los ganadores, se armaba el bullicio de felicidad de haber
obtenido un premio Goya antes de saltar a las escaleras e ir en su busca.
Como cada uno tiene sus favoritos, yo disfruté con el Goya
de Honor de Ana Belén, que años antes le había predicho en casa. Quién me iba a
decir que iba a presenciar la entrega. Sorpresas de la vida. El discurso me
pareció reflejaba totalmente a Ana. Si bien es verdad que me sorprendieron sus
nervios –comprensibles- habiéndola visto actuar. Será que la timidez personal
nada tiene que ver con el arrojo actoral.
Destaco también el discurso de Sílvia Pérez Cruz y su canto
en directo. Me alegró su Goya, se ve que es una persona comprometida.
Vimos, en definitiva, todo lo que se vio en televisión, sumado a numerosas imágenes divertidas, de cómo los actores que entregaban
premios o el presentador corrían al lado de un ayudante para ir hacia el
escenario y cumplir la pauta del show organizado que representan los Goya.
Nos divertimos viendo bajar y subir a los actores, que
comidos por los nervios, parecían tambalearse. Me parecía de lo más divertido
apostar la película en directo que creía ganadora y ver como acertaba. Allí, en
pleno show.
Lo que más me gustó fue como los ángulos de la televisión
engañan, no porque aquello sea pequeño, sino por la percepción y la
reproducción de la gala, que se transforman en algo mucho más mundanal. Porque lo que cambia es la elegancia de los
vestidos y los esmóquines, pero la base es la misma. Personas en un vaivén de
reconocimientos que no deben de llevarlos al cielo sino retenerlos en tierra y
aprendiendo de la vida continuamente.
Después de la gala, había una pluralidad de
salas en las que había un aperitivo interminable que se componía por algunas
cosas que no sabría nombrar además de por gambas, quesos, embutidos, frutos
secos, paella, etc. Todo eso, cerca de las dos de la mañana. Cada sala con un
tipo de música diferente y nosotras en medio con los pies destrozados viendo
pasar a J.A. Bayona, Ricardo Gómez, Cristina Castaño, Cayetana Guillén Cuervo, Sara
Miquel, Montserrat Alcoverro, entre otros, y todos aquellos de los que se
desconocen las caras pero no los nombres y que por allí danzaban e iban y
venían en tan enorme hotel.
Muchos artistas desaparecieron en salas de fotografía,
prensa y televisión. Otros se fueron a habitaciones o fiestas privadas… Todo
aquello formaba una masa desigual de personas que no se acababa nunca, fueses por donde fueses.
Otros episodios vividos: las fotografías en la alfombra
roja, el enfado de un guardia al querer asomarme donde estaban las cámaras grabando
a los famosos y las muecas extrañas de una chica que me pedía que para acceder
allí mi entrada tenía que tener un punto amarillo. "A ver, un momento" le dije, a
pesar que sabía que no lo tenía. En definitiva, que me gusta el show y
encantada hubiese dado uno, subida al escenario. Vaya, eso será otro año, por lo
visto.
Ya más tarde, mientras comíamos y bebíamos, dos hombres
quisieron jugar con un queso que había de adorno en la mesa de aperitivo y
llegaron dos guardias y un jefe que se los llevaron todos para no dar pie a
ninguna escena…
Nos dieron las cuatro de la mañana mientras volvíamos,
riéndonos de haber visto aquello en directo, de ver a tantas chicas preocupadas
frente a los espejos y divirtiéndonos de verdad, como muchos parecen olvidar
hacer.
Al fin y al cabo, todo el mundo se agobia de su profesión en
un momento o en otro y de esos vi bastantes aquella noche inolvidable por única
e innovadora. No fue más de lo que creía ni menos, sin embargo, las propiedades
de ver en directo las cosas son siempre mejores que la vida a través de la
pantalla, a través de la cual se dejan de percibir tantas cosas.
Me alegro por los que sí estaban y por los que no. Porque mi
reconocimiento no es para avariciosos ni creídos sino para aquellos actores y
actrices que cada día se parten el lomo una serie larga de horas trabajando y a
los que menos se reconoce o tarda en reconocerse.
Termino diciendo lo bonita que fue la experiencia y lo
normal que es vista desde dentro. Quitando los trajes, el show y el postureo,
es como la entrega de premios literarios de mi instituto, que tantas veces me
hizo feliz. Porque la belleza es superarse y alcanzar los sueños, sea cual sea
el ambiente.
Larga vida al Arte en general y a los grandes artistas en
particular. Pero sobre todo e infinitamente a las grandes personas, se dediquen
a lo que se dediquen. Vosotros sí que tenéis un premio al Mejor protagonista de
vuestras vidas. ¡Arriba los héroes cotidianos!
Después de levantarnos a las cinco de la mañana para coger el tren a las siete y cuarto... Volviendo en el tren infernal de las nueve horas, leyendo y escribiendo, comiendo y bebiendo, a trozos, después de todas esas horas, ya fue asomando el mar y supimos que ya estábamos en Cataluña y que todo lo que pasase formaría parte de otra historia.
Un abrazo a todos y hasta pronto,
Adriana.