domingo, 11 de diciembre de 2016

Diario de una barcelonesa en París (II)

Buenos días a todos.

Hoy os voy a contar otras de las anécdotas de mi búsqueda de piso en París. Esta vez tiene mucha relación con la Catedral de Notre Dame. La historia lo que tiene de gótica es lo oscuro del lugar.


En nuestra insaciable búsqueda encontramos un lugar cerca de la Catedral que parecía tener un muy buen precio para estar donde estaba. Escribimos a la chica que decía alquilarlo, que por los apellidos se nos antojaba entre brasileña e italiana.

Nos envió fotografías tras varios días sin contestar los mensajes. Pensando que no estaba mal, decidimos ir. Uno se desengaña en persona de la apariencia de estos cubículos inhabitables.

Finalmente, pudimos quedar con ella una tarde para subir a ver el piso. Hicimos tiempo visitando la Catedral y los alrededores. 

La calle donde se encontraba el estudio estaba escondida pero se encontraba en buena zona. Cuando íbamos de camino al lugar, nos cruzamos con una chica que nos pareció que era con la que habíamos hablado. Iba hablando por teléfono en italiano.

No fue así. En su lugar apareció una brasileña simpática, que venía cansada de trabajar. 

El lugar era todo lo insano que uno pueda imaginar. Si era ella la que enseñaba el piso era porque el propietario le había pedido que buscase a una chica antes de irse. Y la chica, obligación ninguna como tenía, le estaba obedeciendo. Se ve que al susodicho le había sentado mal que rescindiese el contrato bastantes meses antes de lo establecido. A este mismo susodicho, cabría decirle que el alquilado tiene todo el derecho a hacerlo y que todas las leyes francesas están a su favor. 

Por si fuese poco, la cocina era el desastre del siglo. Los fuegos estaban destrozados. La nevera rota. El baño daba pena. La cama era esponja y estaba tocando el suelo. El armario estaba destartalado. No había Internet. En las escaleras para subir a tal paraíso te podías matar en un despiste. No había más que una bombilla que provocaba mareo y un dolor de cabeza insoportable. Sólo había una ventana que daba dentro del edificio. Hacía una humedad que se te metía en los huesos.

Era un sitio digno para hacer morir al peor enemigo y ni eso. Un mal así no se le desea a nadie en el mundo.

Nos contó que ella había vivido ahí porque no había tenido otra opción. O eso o quedarse en la calle. Sin embargo, desde el mismo día en que entró a vivir, no había parado de buscar otro lugar para poder irse de allí. 

Estuvimos hablando con la chica, super simpática. No quiero saber qué clase de propietario sería ese que no tenía vergüenza de pedir dinero por hacer enfermar a todo aquel que viviese allí.

Quién pudiera imaginar que al lado de un lugar tan turístico y del que se pueden guardar bellos recuerdos hubiese un sitio así.

Cerca de allí firmé el contrato final de lo que fue el estudio elegido. Pero eso es harina de otro costal. Antes me quedan otras tantas anécdotas en el tintero.

Espero que os haya gustado.

Un abrazo y feliz semana,

Ada. 

3 comentarios:

  1. Hola Ada, si tu anterior entrada me gustó esta no se queda atrás.Impresionante lo que explicas en tus búsquedas.Me encanta leerlas espero que la próxima no tardes tanto en contarla un seguidor fiel. Un saludo

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  2. Muy interesante no es oro todo lo que reluce

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  3. Hola
    Buenas días, recién levantado leo tus anécdotas y me has dado motivos para seguir adelante que bien escribes Ada me encanta. Un saludo

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